Magdalena Cueto Pérez (Lugo, 1954) es catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Oviedo, donde lleva ejerciendo como profesora cincuenta años, siendo este su último año académico debido a su jubilación. Su trayectoria comenzó con una tesis sobre la obra de Pío Baroja, autor que ha sido fundamental en la vida de la investigadora, tanto dentro como fuera del aula. A lo largo de los años, ha profundizado en la obra de Shakespeare, figura que ha suscitado un gran interés en ella, no solo desde el análisis literario, sino también como vía para comprender las pasiones humanas. Además, su amor por el cine la llevó a dirigir la Cátedra de Cine de Avilés, un proyecto que buscaba tender puentes entre la literatura y la narración audiovisual. Desde entablar amistad en Cuba con Gabriel García Márquez, hasta despedirse de la Universidad de Oviedo alentando a las nuevas generaciones a continuar, la trayectoria de Cueto abarca múltiples campos que hemos explorado conversando con esta profesora verdaderamente excepcional.
¿Cómo afrontas tu jubilación de la docencia?
Es mi último curso y ya llevo casi 50 años dedicándome a eso. Lo que tengo es ganas de dejaros sitio a vosotros, las nuevas generaciones, porque me parece que sois los que tenéis que empezar a trabajar cuanto antes. Además, aparte de todo, tenéis muchas cosas que hacer, muchas cosas que decir, tenéis que llegar a una jubilación en la que se os pague, pues a mí eso me preocupa.
¿Cuál fue tu motivación inicial para especializarte en la Teoría de la Literatura y Literatura Comparada?
En realidad, yo quería estudiar Filosofía,
pero esta titulación solo la había en Valencia. Así que me decidí por letras,
entre otras razones porque me enamoré de un profesor de Filosofía, Ricardo Sánchez
Ortiz Urbina. Era profesor en el instituto femenino. Cursé Filosofía y Letras
porque era lo que más se parecía a Filosofía. Así que el amor hizo que quisiera
estudiar esa carrera.
Yo siempre había dado clases, ya desde pequeña. Siempre quise ser maestra, pero en mi casa no estuvo bien visto, tenían otras ideas para mi futuro. Sin embargo, les llevé la contraria y terminé Filosofía y Letras. Gracias a Ricardo Sánchez Ortiz Urbina me gané la vida de maravilla. Yo iba a clase de Carmen Bobes porque me parecía una mujer fascinante. Porque se paseaba. Porque no llevaba papeles. Cuando acabé la carrera, me sugirió que fuera a ver a Carmen Bobes, que necesitaba gente en el Departamento. Y Carmen Bobes me dijo: “Usted va a pedir una beca de investigación”. Así entré, con veintiún años, recién acabada la carrera, de becaria de investigación.
¿Notaste desventajas por tu juventud o por ser mujer, tanto al dar clases como al publicar?
Por ser mujer no. Por ser mujer tuve
problemas, pero no precisamente en el ámbito académico. Cuando yo entré, no
había mujeres en el área de lo que fue después Teoría de la literatura. No
había ninguna mujer. Era la única. No noté ninguna discriminación, porque mi
jefa era una mujer.
Mi padre siempre había querido que las
mujeres tuviésemos acceso a una habitación propia (como diría Virginia Woolf),
a un dinero, a una independencia económica. Porque solo después de tener
trabajo e independencia económica podíamos hacer otras cosas.
Por ser mujer sí noté discriminación doméstica en casa, con los hijos. Ahí sí lo noté. Pero daos cuenta de que yo voy a cumplir 71 años. Entonces las cosas no eran como son ahora. Era una sociedad totalmente patriarcal. Pero, cuidado: tened en cuenta que siempre se puede ir hacia atrás.
Tu trabajo te ha llevado a conocer a grandes figuras de la literatura como Gabriel García Márquez. Háblanos de ello.
Sí. Es que, en un momento determinado,
organicé aquí unos cursos, porque siempre mi vocación docente de maestra fue la
que impulsó todo lo que hice. Yo era la de crítica y venían a mí muchos
estudiantes que me enseñaban lo que escribían, lo que hacían; y pensaba: ¿Por
qué no tienen las mismas oportunidades que tienen los jóvenes madrileños, por
ejemplo? Tener acceso a la Escuela de Letras, que entonces ponía en marcha Juan
José Millás. También, con la Escuela de Cine, yo tenía mucha amistad con
Fernando Méndez-Leite. Entonces pude ir primero al que entonces era rector,
Julio Rodríguez, que me trató de maravilla. Le comenté lo que quería hacer y
que costaba dinero, porque yo no quería que vinieran los segundos de a bordo, y
me dijo: “Tienes a tu disposición todo
el dinero que necesites para llevar a cabo ese proyecto”. Eso fue
estupendo porque fui a ver a Méndez-Leite y le dije: “Quiero un curso completo y otro curso completo”. Y dos años
también estuvo la Escuela de Letras.
A García Márquez lo conocí en San Antonio de
los Baños, en Cuba, que entonces tenía la mejor Escuela de Cine. Vivía Fidel
Castro. Yo era vecina de puerta de Márquez. Las casitas eran muy bajas. Yo
vivía en un tercero y a mi lado estaba Robert Redford.
Pasé mucha hambre en Cuba. Comía arroz
blanco. No había toallas. Había una ventolera que íbamos agarrados a los
árboles, a las palmeras. No teníamos papel higiénico, ni sábanas…
Calamidades “a bondo”, pero aprendí lo que no os podéis imaginar, porque una cosa es dar clases a receptores y otra muy distinta dar clase a los creadores. Me encantó. Fueron muchos años los que me dediqué a esos menesteres, veinte años de mi vida.
Además de García Márquez o de Baroja, te interesaste por otras figuras como la de Shakespeare. ¿Qué fue lo que viste en su obra?
Lo tengo en la mesilla de noche, con eso ya
os lo digo todo. Lo leo, lo releo y nunca me defrauda, siempre encuentro cosas
nuevas en él. Me interesó mucho desde siempre, es una figura fascinante para
mí, y aprendí mucho con él; no sólo de teatro, sino para la vida. Y quise
compartirlo con los estudiantes.
Mirad, por ejemplo, hay un pasaje en “Hamlet” en que yo llamo mucho la atención de los estudiantes: cuando Hamlet va a la habitación de su madre, Gertrudis, y le dice que no se acueste esa noche con su tío-padre. Y yo les preguntaba “¿Os atreveríais alguna vez a decirle a vuestra madre algo así? ¿Nunca habéis sentido odio por vuestra madre? Pues aquí tenéis un ejemplo de escisión materna”.
En uno de tus artículos, “Sobre la definición de la tragedia”, hablas de la compasión y del temor. ¿Qué papel adquieren estas emociones en la obra trágica?
Empecé mi docencia teniendo que explicar a
Aristóteles, y a mí no me lo habían explicado nunca. No entendía nada, así que intellectus
apretatus discurrit qui rabiat. Fui al texto griego y fui aprendiendo todo,
y toda la vida me apasionó Aristóteles, porque me costó mucho trabajo entender
la Poética.
He de deciros que Aristóteles en la Poética habla de tales nociones de ánimo: la compasión y el temor, y ahí se asocia la catarsis, que es una exoneración emocional. En el horizonte cultural aristotélico cualquier exceso de lo orto podía desequilibrar, y eso es la catarsis, el buscar un gusto medio entre dos emociones que son contrarias y que si se sienten en exceso son nocivas para el estado emocional.
Es posible que en general los jóvenes prefieren ver películas a leer. ¿Cómo acercarías tú la literatura a los jóvenes?
A los clásicos, para empezar, os diría que hay que perderles el miedo. Tomemos por ejemplo Edipo rey. Yo soy plenamente consciente de mis limitaciones, de mis desmesuras, de mis errores. Y Edipo es un paradigma de un error trágico llevado hasta sus últimas consecuencias, porque no sabe quién es. Además, con obstinación, con una arrogancia que da miedo. Él se cree un dios, y se tiene que dar cuenta de que no sabe quién es, de que no sabe quiénes son los suyos, de que no sabe nada. Eso es terrible y es un clásico, sí. Ahí radica el valor de los clásicos y en general de la literatura, que no es mimesis de lo que es, sino de lo que podría ser. La literatura habla de algo que nos concierne, que tiene que ver con nosotros. Pues claro que podemos leer la Orestíada. ¿Quién no sintió, como pasa en la familia de los Atridas, la necesidad de venganza? ¿Y si me matan a un hijo? ¿O me violan a una hija? ¿O hacen cualquier cosa? Yo no quiero justicia. Yo quiero venganza. Lo primero que te sale de las tripas es la venganza. Pero, haces un esfuerzo, lees un par de libros y te das cuenta de que tienes que poner un abogado en tu vida.
¿Qué relación tiene la teoría de la literatura con el cine? ¿Puede servirnos la primera para entender o analizar mejor el segundo?
Claro, tiene mucho que ver. ¿Sabes por qué me
decidí a dirigir la Cátedra del Cine? Lo que pasa es que era cuando la
pandemia, tiré de amigos y claro, cuando no hay dinero, no se pueden hacer
muchas cosas. ¿Y qué relación hay entre la literatura y el cine? Hay un librito
que yo siempre os recomiendo, el de Gaudreault y Jost, El relato
cinematográfico, y creo que la comprensión de la literatura y la
comprensión del cine son la clave de ese texto, cuya lectura os recomiendo de
verdad, tanto si estudiáis narración audiovisual como si no. Lo explica muy
bien y nos ayuda a comprender una cosa y otra.
El cine. ¿De dónde va a sacar sus modelos?
Pues de la literatura y sus referencias más inmediatas.
Otra cosa que se debate mucho, y yo he
asistido a muchos debates sobre ello, es sobre la proximidad que existe sobre
los textos dramáticos, la literatura escrita en forma dramática no sobre el
teatro. Yo veía que los guiones, como sabéis, son los hipotextos que dan lugar
al texto cinematográfico.
Los guiones dormían el sueño de los justos en
las papeleras de las grandes productoras. Eran textos de mediación que una vez
que se realizaba la película desaparecían del mapa. Luego empezaron a
publicarse, pero la institución literaria no los ampara y yo creo que hay que
distinguirlos de los textos dramáticos que están amparados por una institución
literaria que los avala desde el siglo V a. C. en que apareció la tragedia
griega.
Las conexiones son múltiples, y el cine,
además, es arte total y hay que señalar diferencias, pero sí existen
conexiones. Lo que me llevó a dedicarme a la literatura comparada fue quizá mi afición
al cine, a que me cuenten historias. Yo no soy cinéfila. A mí me encanta que me
cuenten historias y, ya desde pequeña, yo veía todas las películas. Mi abuela
me llevaba al cine. Y la conexión entre la literatura y el cine es evidente.
Todos los elementos del relato están presentes en el cine: el punto de vista,
la focalización, los personajes, conexiones temáticas y estructurales.
Entrevista realizada por Alberta Cedrone, Amelia Kamila Koltun, Diana Fernandez Ferreira y Mateo Casado Paredes, estudiantes del Grado en Lenguas Modernas y sus Literaturas de la Universidad de Oviedo.


Comentarios
Publicar un comentario