Ana Rodríguez Fischer es catedrática de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, ha dedicado su carrera a estudiar y difundir la novela contemporánea, con especial atención a autoras como Rosa Chacel. Ha participado en medios como ABC Cultural, Letras Libres y Babelia, y su mirada se extiende también a la literatura de viajes. Pero Rodríguez Fischer no solo escribe sobre literatura, sino que también es creadora: Premio Femenino Lumen por su novela Objetos extraviados (1995), ha explorado diferentes aspectos de la identidad en títulos como Batir de alas, El pulso del azar o El poeta y el pintor. Hoy conversamos con ella sobre su trayectoria.
Le hacemos esta entrevista para nuestra asignatura de Literatura y Periodismo, además de por su labor como escritora per se, también por su crítica literaria en el suplemento cultural de El País, en Babelia. ¿Cómo ha sido su experiencia colaborando en este suplemento?
Bueno, a ver, yo antes de estar en Babelia había hecho crítica literaria en otras publicaciones, en otros periódicos y también en revistas. Entonces, claro, ahora ya son, en el fondo ya son, no sé, 30 años como de experiencia. También estuve en ABC Cultural, que no tiene nada que ver con la línea del periódico, era una cosa totalmente como independiente. Entonces, bueno, la experiencia fue muy agradable durante muchos años, no es que deje de serlo, pero es verdad que el panorama literario ha cambiado mucho, que se publica infinidad, y que yo considero que para ejercer la crítica literaria no basta con ocuparse de un libro en cuestión, no se trata solo de reseñar un libro. Si se hace crítica literaria, y por tanto se calibra, se valora, se sitúa, se prioriza o se descalifica, es igual, se tiene que conocer con cierto rigor y con cierto detalle el panorama. En rigor, situar, que creo que es la función de la crítica, no solo ayuda a entender una obra, a leer una obra, sino también a ponerla en un contexto, a situarla dentro de una tradición, un presente, etc. Entonces, bueno, durante muchos años, bien, porque fue muy agradable. También en el sentido de que yo que estoy bastante escondida en mi casa, porque con la universidad ya tengo suficiente exposición pública, no necesito mucho más. Pero tenía sobre todo la gratificación de que al ocuparme de novelas, de autores a los que yo admiraba, desde aquellos que eran mis más mayores, digamos, Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, los históricos de la generación del medio siglo, u otros, Enrique Vila-Matas, Javier Marías, más cercanos, más próximos, me permitieron trabar amistad, tener el reconocimiento de ellos. Eso para mí fue más importante, además lo tengo muy documentado en cartas y en cantidad de material. Y eso para mí era realmente satisfactorio, mucho más satisfactorio. Yo nunca he entendido la crítica como una pequeña parcela de poder. Eso no me interesa para nada. Nunca me interesó, creo que nunca tuvo sentido, aunque algunos ejercieran un poco de, no sé, de santones o de lo que sea, no es la palabra que quería emplear, pero no me sale ahora. Creo que ese elemento o esa alegría o esa felicidad la tengo ya suficientemente cumplida. Está bien, aparecen a veces algunos escritores jóvenes, etc., que incluso desde posiciones que no es necesariamente un suplemento literario, pero sí un Facebook, por ejemplo, el otro día hice una entrada sobre la primera novela de un escritor que realmente me impresionó, además es muy joven, y que me parece muy rigurosa, que me parece hecha además con muchísima inteligencia, con muchísima ironía, con muchísima capacidad de juego. Hice una entrada muy breve y rápida en Facebook y tuvo muchísima repercusión, hasta el punto de que yo creo que a él le llegó, o al menos a uno de sus editores sí que le llegó. Entonces, no sé si os estoy respondiendo o no os estoy respondiendo.
Precisamente a raíz de eso que decía de que con la universidad ya tiene suficiente exposición, ¿cómo hace para compaginar el trabajo ahí en la Universidad de Barcelona con su trabajo como escritora?
Durante tiempo fue un poco complicado porque además yo
fui madre y me dediqué a mis hijos, no les escatimé tiempo, por eso digo
que yo siempre anduve mucho escondida. Durante muchos años no me
compensaba, yo qué sé, marcharme dos o tres días por ahí para estar en no
sé qué, en no sé cuánto. Estaba en mi casa trabajando tranquilamente,
aprovechaba muchísimo los veranos en Asturias, mis hijos están muy
identificados con Asturias, mucho más que con Barcelona. Y los veranos me daban
un poco esa libertad, en el sentido de vacío mental, de desocupación, de
no tener más cosas a las que atender, y por tanto favorecían la
concentración y la intensidad. Aun así, yo he mantenido, pese a haber sido
profesora titular muy joven, con 30 años (podría haberme columpiado desde
entonces, como dice uno de mis hijos), pero he mantenido rigurosamente mi
obligación de investigación académica propiamente dicha. Aunque mis
estudios académicos no son los típicos, ni son siempre los mismos, siempre
busco un elemento de innovación y de creación y del oxígeno que necesito
en mi personal motor. Entonces, durante mucho tiempo, de vez en cuando podía
hacer una novela. Los libros académicos los seguía haciendo con
continuidad, pero para una novela necesitaba tener todo un poco más
despejado. Justamente hoy leía el artículo de Vila-Matas en El País, y en el párrafo final
decía que escribir es reescribir. La literatura nace de la literatura. En
ese sentido, lo que algunos creen, que los críticos somos escritores
frustrados, o que los que nos dedicamos a la enseñanza universitaria y a
la investigación universitaria tenemos unas ciertas taras, lo dicen desde
la completa ignorancia, o incluso te diría yo desde cierto resquemorcillo,
porque a fin de cuentas yo tengo mi vida asegurada. Y, ahora que mis
novelas están teniendo mucho boom, a mí no me gusta eso de una entrevista
por aquí, un club de lectura por allá. Tiene sentido unos meses, pero como
ahora se da la coincidencia de que han rescatado mi primera novela de
Maruja Mayo, se me juntan dos, la del Premio Café Gijón y esta otra en un
año. Y, bueno, estoy un poco que me subo por las paredes, porque han roto
mi silencio, mi soledad, mi capacidad de gobernar mi tiempo, que, una vez
que ya mis hijos no dependen de mí, es el máximo privilegio al que aspiro:
controlar mi propio tiempo, o sea, ser reina o dueña de mi tiempo.
La faceta de crítica y la faceta de profesora
universitaria e investigadora universitaria no han hecho más que favorecer
mi labor de escritora. De hecho, mis libros han nacido a veces de haber
encontrado datos o cuestiones a raíz de investigaciones, y hay algunos casos
en los cuales he tenido que realizar un proceso de documentación, de
investigación, pues esa experiencia y esa habilidad me permitía avanzar en
ese terreno y seleccionar y eliminar y jerarquizar la información, yo creo que
con soltura o con solvencia. Porque algunos me dicen, “¿y cómo puede ser tanto
bueno?”. A ver, es que yo toda esta información la había ido adquiriendo,
estaba por ahí depositada, y en el momento que tuve un proyecto activé
todo eso, es decir, me fui ahí directamente y, digamos, actualicé eso, o
sea, me puse delante del material, lo releí, lo pensé, lo organicé.
Pero todo eso ya lo tenía adquirido. No es que se enciende la luz, tengo una idea y me pongo a buscar a ver qué pasa. Es al revés. Es el final. Se empieza por el final de un proceso distinto.
A raíz de lo que había mencionado sobre la novela de este joven autor que tanto le había gustado, ¿le podría dar algún consejo a jóvenes literatos que estén intentando lanzar una carrera o al menos iniciarse en el mundo de la literatura?
Que lean, sobre todo que hayan leído previamente. Yo diría que a mansalva. Porque, aunque nos pueda parecer que tenemos una idea brillante, y aunque nos pueda parecer que nuestra vida es estupenda, la mayor parte de las cosas están ya contadas. Y, por consiguiente, para contar algo tienes que hacerlo con las herramientas de las que dispone el escritor, que son técnicas narrativas, estructura narrativa, dominio del lenguaje. Y el lenguaje solo se adquiere leyendo. Y fundamentalmente leyendo a autores de la lengua propia. Porque las traducciones, a veces, y dímelo a mí que acabo de bregar con traducciones de obras rusas al castellano, que me encontraba cosas pintorescas. Absolutamente incomprensibles algunas.
¿Hay algún autor que haya influido mucho
en su estilo de escritora?
No creo, porque, además, cuando haces una novela, tienes distintos narradores. En una novela me puse en la mirada de Góngora, aunque había un narrador en tercera persona. Yo ahí lógicamente me tuve que releer al Góngora menor, el Góngora de las letrillas, de los romances, del epistolario, no el Góngora de las soledades, Polifemo, ni mucho menos. O me leía Cervantes para coger cierto aroma, sin envejecer la lengua, pero sí coger algunos elementos, sobre todo el ritmo. Claro, algunas palabras referidas a usos, a objetos de la vida del momento. Pero no, porque he sido lo suficientemente ecléctica. Ya visteis que os he nombrado a escritores muy distintos. Marsé es una historia, Carmen Martín Gaita es otra, Javier Marías es otra, Enrique Vila-Matas otra, en fin, y los que podría seguir citando. Me apasiona Valle-Inclán, pero también me gusta mucho Pío Baroja, por ejemplo, o Ignacio Aldecoa. Lo que no recomiendo, desde luego, es la imitación. Eso se hacía antiguamente, en las escuelas. Escribir al modo de los grandes maestros, no. Uno lee y va adquiriendo lenguaje, y cuando tiene que contar una historia por parte de alguien, y desde un punto de vista, pues ahí se activa y se prueba, y se ve cuál es el tono, cuál es el timbre, cuál es el código que te funciona mejor.
Y retomando el tema que mencionó antes
de su primera novela, Agujeros extraviados, sabemos que da voz a la
conocida pintora Maruja Mallo, y queríamos preguntarle si cree que el papel de
la mujer ha sido infravalorado en el mundo artístico.
Sí, aunque no era su caso. Todos estos autores, los prosistas y los poetas del 27, o los artistas, tuvieron la fortuna de vivir aquellos años en donde se estaba produciendo una gran fermentación artística, cultural, y había grandes proyectos y grandes empresas y grandes apoyos, editoriales, revistas. Entonces a Maruja Mallo, muy jovencita, se le abrieron los salones de Ortega y Gasset, de la Revista de Occidente, estaba con Lorca, con Dalí, la residencia de estudiantes era un foco, etc. Marchó a París, vivió en el epicentro de la fiebre surrealista, otra cosa fue después el desastre de la guerra civil, el exilio y la desaparición. En el caso de ella, no. Lo que pasa es que, claro, no estuvo aquí.
Sus obras están relacionadas con el ámbito de la crítica y la creación literaria, y queríamos preguntarle si esta ha sido siempre su vocación o la ha desarrollado con el tiempo, a medida que estudiaba.
Bueno, previo a ingresar en la universidad… A ver qué niño no escribe. Yo tengo cuentecitos de mis hijos, que se ponían a dictarme cuentos en la máquina y luego, pues el pequeño imitaba el cuento que había escrito su hermano. Si estás expuesto a leer, pues imagínate con mi edad, no teníamos todas las distracciones que tenéis vosotros. De todas maneras, acabo de ser abuela, tengo un nieto de un año y es increíble la fascinación que tiene por los libros. Por supuesto, las pantallas no existen, ni la televisión se pone delante de él, pero de todos los juegos que tiene, a lo que más directamente se va es a los libros. Yo no conozco a ningún niño al que, si ha estado expuesto al libro no le fascine, porque es mucho más activo. La pantalla no tiene matices, y, en el proceso de formación y de adquisición de conocimiento, los sentidos son fundamentales, los sentidos nutren la inteligencia. La experiencia de la realidad, visual, táctil, auditiva, no se puede suplantar, por más que las pantallas sean maravillosas y nos permitan en estos momentos estar hablando y viéndonos.
Antes estaba hablando con mi compañera sobre Maruja Mallo y yo quería relacionar esto con una de sus novelas, Antes de que llegue el olvido, donde usted habla sobre sus autoras, Ana Adjamatova y María Esbatejeda. También ha hablado sobre la vida de Rosa Chacel y no sé si existiría alguna artista más sobre la que querría escribir.
No, pero en este caso responden a proyectos muy
distintos, o sea, la novela de Maruja Mallo, que es la que ahora rescata a
Siruela, con otro nombre, con otro título, perdón, y muy reescrita, sobre todo
ampliada. Pues fue una idea que a mí me salió porque yo venía de trabajar, para
mi tesis doctoral, sobre toda esta década de los años 20, sobre las vanguardias,
los ismos, etcétera, de Maruja Mallo. Y bueno, eran momentos en los cuales la
sincronía entre las artes era manifiesta, muchos poetas pintaban, escribían,
muchos pintores también tenían obra literaria, Dalí, en primera instancia. Y,
por tanto, trabajar sobre la literatura obligaba también a trabajar sobre la
plástica, la pintura, el cine, tan importante, y el nombre de Maruja Mallo me
saltaba continuamente. Y bueno, ahora han sacado todo eso de las Sin sombrero y
demás, y yo me decía, bueno, ¿cómo es posible que no esté más presente?
Yo la tesis la leí en el 87, y cuando
tuve un poco de hueco me puse a hacer esta novela de Maruja Mallo, que
realmente era muy breve, y era muy dogmática, yo con el monólogo interior y el
soliloquio, y uno cuando habla para sí mismo no tiene que explicar según qué
cosas, y bueno, yo todo eso lo corregí y lo esponjé.
Ese proyecto venía de ese momento, de
mi vida, o de mi trayectoria, o de mi experiencia.
El de Adjamatova y Sviatáyeva tiene que ver con otro asunto, que en parte también es el hilo conductor de la novela de Góngora y el Greco, que novela posibles encuentros que se hayan producido o no se hayan producido, que se hayan deseado, que se hayan soñado, pero en cualquier caso de los que en el caso de Góngora y el Greco son fácticos. Es decir, en el caso de Góngora y el Greco pudo haberse dado. No en el momento en que yo lo conté, en el caso de Ana y Marina, dos poetas amigas con todo el círculo de escritores rusos de la Edad de Plata común a ambas, y sin embargo, por su trayectoria solo pudieron verse dos tardes de junio del año 41.
Después Marina se ahorca, se suicida, y entonces a raíz de eso es cuando finjo yo que Adjamatova le escribe esta especie de confidencia, elegía, homenaje y acusación, porque también hay parte de acusación en el sentido de lamento y de dolor y de tristeza.
Por eso te digo que no priman las figuras ni priman las mujeres, priman otros elementos que me estimulan para escribir.
En cuanto a las relaciones entre las distintas artes en esa época y cómo los artistas eran muy polifacéticos, ¿cree que los artistas han cambiado a ese respecto?
Desde los románticos, desde toda la modernidad, es
cuando empiezan a, digamos, a ensayarse, a probarse y a trasladarse elementos
de no solamente una disciplina artística a otra, sino incluso dentro de los
propios géneros literarios. En el siglo XVIII, las tragedias eran en verso y
las comedias en prosa. El drama histórico romántico ya mezcla las dos cosas. Después
de los románticos empieza el poema en prosa, porque la poesía siempre era una
poesía en verso rimada, etcétera, etcétera con sus reglas. Y bueno, cuando ya
se desarrolla el cine, lógicamente no se podía seguir escribiendo como Galdós o
como Clarín.
En nuestra carrera cursamos la asignatura de guion. Muchos libros ahora parecen estar escritos con su adaptación cinematográfica en mente, y quizá con la creación de imágenes para sus escenas. ¿Usted cree que eso es algo bueno o algo malo? Porque hay gente que piensa que es negativo.
Yo pienso que es desconocer las leyes y las
características de cada una de las disciplinas. Mira Juan Marsé y Juan García
Hortelano, que durante muchos años escribieron guiones para películas. No tanto
García Hortelano, que tenía su trabajo aparte, pero para Marsé sí era un tipo
de trabajo, digamos, ¿de supervivencia? De ganarse la vida. Tenía muy claro que
una cosa eran los diálogos para ser oídos por el espectador, por ejemplo, y
otra cosa eran los diálogos en una novela para ser leídos en silencio, como
suele hacerse. Y él fue muy crítico y muy batallador con las versiones
cinematográficas de sus novelas. Mira Daniel Garrido y su novela El libro de
los días de Stanislaus Joyce. Finge que es el hermano pequeño de James
Joyce el que escribe una especie entre diario crónica familiar, Retrato del artista adolescente, pero
desde una posición muy irónica, muy distante. Hace un retrato magnífico de del
James Joyce que quiere comerse el mundo. Hace una crítica también muy feroz del
gran mitómano que ya era en Dublín. En fin, están todos los temas. Este chico
parece que estudió cine, según dice la solapa de la novela, pero tradujo textos
inéditos de Joyce y a raíz de estar traduciendo un par de años, imagino que nació
esta idea. Claro, como es una novela con una entrada diarística, pues a lo
mejor la experiencia o la formación en la escuela de cine no sé si le fue mal
del todo. Pero en general, escribir novelas para que te hagan una serie o una
película como punto de partida no me parece aconsejable. Y todos conocemos
grandes fracasos en este terreno.
Entrevista realizada por Lía Romero
Valle, Javier Rodríguez Fernández y Samuel Brión Pintos.
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