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Ciudad, poesía y paternidad: una conversación con Sergio C. Fanjul

 

Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) explica en esta entrevista el camino que le llevó hasta el periodismo, un camino que no fue para nada directo, y cómo los lugares en los que ha vivido han influido en sus diferentes obras, entre las que se encuentran La ciudad infinita y La España invisible. En esta última, pone el foco en los problemas de segregación de Madrid. “La meritocracia no existe”, asegura. Además, el escritor nos muestra su punto de vista sobre la evolución de el periodismo y la literatura en la era digital.

¿En tu camino (tanto en periodismo como en poesía) qué fue lo que primero te enganchó?

Es una larga historia. Primero estudié ciencias físicas, hice la especialidad de astrofísica. Empecé en Oviedo (en Llamaquique de hecho) hice el primer ciclo de la carrera allí, que era de física general, y luego para el segundo ciclo, que era la astrofísica, me vine a vivir a Madrid, donde se podía estudiar. Animado por documentales de la tele (Había unos documentales de un tipo que se llamaba Carl Sagan, un divulgador científico muy conocido que hacía una serie en la tele llamada Cosmos que me gustaba mucho porque era muy bonito de ver: las estrellas, el universo…)  Además, a mi madre Carl Sagan le parecía un hombre muy atractivo e interesante y le pareció bien que estudiase astrofísica y me vine a Madrid. Lo que pasa es que la carrera no era tan bonita como en los documentales porque había muchas matemáticas (Bueno, en general las carreras no suelen ser tan bonitas como esperamos) Supongo que, si te gusta la literatura o el arte y te pones a estudiar filología o literatura no es tan guay como aparentaba. Pues en ciencias igual, había muchas matemáticas, mucha programación… Todo eso que veía en los documentales, lo bonito de las estrellas, al final eran ecuaciones matemáticas muy feas y entonces acabé la carrera con mucho dolor y sufrimiento y dije, “Me tengo que dedicar a otra cosa”.  A mí me gustaba la literatura y la poesía, de hecho, ya había escrito mi primer poemario y decidí que me quería dedicar a escribir, y como la única forma de escribir, ganar dinero (no se gana mucho dinero) y sobrevivir escribiendo es el periodismo (con mucha suerte, porque pues tampoco es fácil, es una profesión muy precarizada) hice el máster de periodismo al acabar la carrera. Me gustaba mucho el periodismo porque es una cosa muy panorámica, Por ejemplo, soy muy curioso, eso es fundamental para ser periodista. Entonces si seguía estudiando física en el sentido de hacer el doctorado, por ejemplo, iba a acabar estudiando una cosa muy pequeña, interesante, pero muy pequeña, pues una molécula de una estrella lejana y tal, la gente que hace una tesis es la mayor especialista del mundo en una cosa muy pequeña. Y el periodismo (como suele decirse) es un océano de conocimiento de un centímetro de profundidad (sabes de muchas cosas muy poco) Y a mí eso me gusta más.

Entonces ahora soy periodista. Escribo de cultura, estoy en la sección de cultura de El País (y trabajar en la sección de cultura es muy interesante porque tratas todo tipo de temas) porque al final escribo sobre todo de libros, pero también pasa con las películas, las novelas, las exposiciones artísticas…  Hay libros de política, hay libros sobre el cambio climático, sobre cuestiones sociales, arte… En fin, los artistas hablan sobre todo tipo de cosas, en las películas también se habla de todo: de amor, de la Segunda Guerra Mundial… Entonces de repente, te ves escribiendo de muchas cosas. No pasa en otras secciones, por ejemplo, si tú trabajas en la sección de política, probablemente te pases el día escribiendo sobre lo que dijo Pedro Sánchez, lo que dijo Feijoo… O si escribes sobre economía, te pasas el día escribiendo de inversión, de bolsa, de macroeconomía… Pero en la cultura se habla de casi todo. Y eso a mí me gusta mucho, entonces llegué al periodismo a través de la poseía, de la literatura en general. Me gustaba leer y no tenía mucha idea de periodismo cuando empecé, pero luego me enganchó por eso. Hice el máster de El País y es un máster muy práctico.

También se dice mucho que el periodismo no debería ser una carrera universitaria porque no es un cuerpo de conocimiento, sino que es un oficio. En realidad, para ser periodista, a priori, no hay que saber casi nada, solo hay que saber cómo se hace, como ser carpintero. Entonces, ahí estuve doce años como periodista autónomo (freelance) y llevo unos cuantos años ya en la plantilla del periódico contratado. Y nada (ríe) esa ha sido mi trayectoria.

¿Te gustaba más ser freelance?

Pues muy buena pregunta. Sí, a ver, a mí me iba bien, por eso estuve doce años. Tengo compañeros y compañeras que no les gustaba la idea de no tener un sueldo fijo, les parecía muy inestable o les iba mal y entonces pues decidieron cambiar de profesión o se pasaron a la otra parte del periodismo que son los gabinetes de comunicación. Pero a mí me gustaba mucho el periodismo freelance, me permitía también escribir de muchas cosas y tener libertad de horarios. A mí siempre me ha gustado ir a mi bola, en la facultad era el típico que no iba mucho a clase, siempre estudiaba por mi cuenta, cogía turno de tardes porque no quería madrugar (ríe) Entonces siempre iba a mi bola y cuando llegué a mi vida adulta profesional, mi vida de freelance era muy parecida a mi vida en la universidad, porque podía hacer lo que me daba la gana, podía bajar a tomar café cuando quería, trabajaba en casa o a veces trabajaba en bibliotecas con los estudiantes (ellos estudiaban la carrera y yo estaba a mis cosas) Entonces mi vida era como un estudiante universitario hasta hace bien poco. Llevo contratado como tres años o así, era como una juventud alargada. Y ya cuando me ofrecieron entrar en el periódico, en plantilla, me pareció bien porque ya iba a tener una hija y estaba bien tener estabilidad, pero tampoco me gustaba mucho la idea de tener que ir a la redacción todo el rato. De todas formas, tengo un jefe muy flexible, muy a favor del teletrabajo y la verdad es que podemos hacer más o menos lo que queramos. Porque el periodismo no es un oficio de ocho horas, tú no te sientas y estás ocho horas trabajando, porque tienes que ir a sitios, entrevistar a gente, ruedas de prensa, comidas… Y también porque dependes mucho de la información. Debes tener ciertas entrevistas hechas, y te citan para diferentes horas o días, así que hay muchos tiempos muertos en los que no puedes avanzar, hasta que no recopile el material, entonces no es un trabajo que puedas hacer de nueve a cinco, sino que tienes que ir dependiendo de cuándo puedes hablar con la gente, cuándo puedes ir a visitar sitios para poder organizarte. Entonces, aunque ya no sea freelance, los periodistas de redacción también tenemos una vida bastante diferente cada día, no es ir a sentarse y a calentar la silla ocho horas, de hecho, ese tipo de periodistas no deberían existir y no están bien vistos en las prácticas.

En tu obra El padre de fuego hablas de la paternidad de una manera muy personal. ¿Ha cambiado tu forma de ver la paternidad, sobre todo, en relación con tu trabajo?

No te imaginas la exigencia que conlleva ser padre, a mí y a mi chica nos decían mucho que era muy difícil, que nos iba a cambiar la vida. Nosotros de alguna forma pensábamos que no sería para tanto, pensaba que podía tener el bebé a mi lado y estar haciendo mis cosas, pero eso es imposible. Los bebés y los niños pequeños requieren atención constante, todo el tiempo. Entonces, nunca piensas que es tan exigente, por mucho que te lo digan. Mi pareja dice que esto es una especie de “estrategia evolutiva” que permite que la gente siga teniendo hijos, que, si lo entendieras de verdad, no los tendrías. Esto es una teoría suya de ciencia ficción que no está comprobada, pero ella tiene la teoría de que algo en nuestro cerebro hace que no entendamos cómo es tener hijos hasta que los tenemos y ya no hay vuelta atrás (a no ser que los des en adopción) Con respecto al curro, pues claro, lo complica. Antes podía trabajar todo el día de la forma que he mencionado antes, un poco dispersa. Ahora me tengo que turnar con mi pareja para cuidar de nuestra hija, y no puedo tener esos horarios tan flexibles (Tengo que aprovechar de diez a cuatro para llevar a cabo mis responsabilidades) A veces me cuesta, porque estoy acostumbrado a responder a mis propias apetencias y no a estar en horarios tan calculados.

En La ciudad infinita, la ciudad de Madrid es clave. ¿Qué es lo que más te inspiró y cómo lo plasmaste en tu obra?

Es mi libro más exitoso, porque se publicó en 2019 y se sigue leyendo ahora, mucha gente me dice que se lo acaba de comprar, es, como lo llaman, un longseller (en el sentido de que durante mucho tiempo se va vendiendo poco a poco), Y yo creo que es porque hay mucha gente ahora interesada en la ciudad, están pasando bastantes procesos horrorosos en la ciudad: la gentrificación, turistificación, segregación urbana… En fin, en Madrid se ve mucho. En Oviedo esto pasa también, además hay un proceso curioso allí que es la desaparición de los comercios. Hay zonas del centro donde son todo locales vacíos, no se sabe la razón. Hay mucha gente interesada en Madrid porque están cambiando mucho las ciudades de una forma muy radical y sobre todo para el beneficio de unos pocos, no de los ciudadanos. Este libro es un libro que anima a explorar la ciudad, en este caso Madrid, pero puede ser cualquiera. Lo que se describe en el libro, aunque hable de Madrid, puede aplicarse a cualquier ciudad. Quería explorar Madrid más allá de los barrios del centro, que son los más conocidos, pero estaba cansado de oír hablar de Gran Vía, la Puerta del Sol, el Museo del Prado… Todo pasa aquí, incluso rodajes de películas. Pero vamos, este país es muy centralista en Madrid, y más concretamente en el centro de Madrid. Quería abrir un poco el foco y paseo por todos los barrios como Vallecas, Carabanchel, Usera… los barrios pobres y obreros. Y también por los barrios ricos hacia el norte. En Madrid hay una segregación muy clara entre ricos y pobres, entre el norte donde están los ricos y el sur donde están los pobres, y quería explorar eso y básicamente de lo que me di cuenta paseando es de esa segregación, esa diferencia y que dentro de una ciudad hay muchas ciudades, y que mucha gente que vive en un barrio del sur, muy alejado como Villa Verde, uno de los barrios más pobres, pues no tiene ninguna noción de lo que pasa en el barrio de Salamanca que es uno de los más ricos, son como lugares diferentes, muchas veces la gente no se mezcla, si se mezcla es en un comercio donde los ricos van a comprar y los pobres van a servir. Me interesaba abrir el foco y reivindicar esto y el paseo, que parece que solo utilizamos el espacio público para ir a comprar, trabajar, ir de ocio a una terraza a consumir, que es como trabajar al revés. Quería reivindicar el paseo. Recuerdo cuando en la pandemia, aquí en mi barrio Lavapiés, nos dejaron salir a la calle los primeros días, era muy curioso porque nos dejaban pasear, pero la ciudad estaba apagada, no había comercios, tiendas o bares. Nos dejaron salir y la gente no sabía qué hacer, no sabía pasear. Entonces se formaban como una especie de turbas de zombis como en The Walking Dead o algo así, unos se ponían a seguir a otros por hacer algo, muy desorientados como si hubiera sido la Tercera Guerra Mundial. Eso es lo que reivindico en ese libro.

¿Podría decirse que explorar Madrid es lo que te influyó en La España invisible? Me refiero a hablar de la pobreza, la precariedad...

En efecto, es un link que hay entre las dos en la ciudad infinita. Como os he dicho, empiezo a darme cuenta, bueno, es una cosa que yo ya sabía, pero empiezo a ver con mis propios ojos cómo es diferente la vida en unos barrios y otros. Por ejemplo, en el barrio de Usera, la esperanza de vida es dos años menor que en el barrio de Salamanca, pues tiene que ver mucho por ejemplo con la alimentación, porque se come peor, culturalmente en los barrios obreros la gente tiene menos tiempo para cuidar su alimentación, para cocinar, tienen menos dinero para comer sano, porque curiosamente comer sano es más caro, es más caro comer bien que comer un pollo frito o un doner, kebab o algo de esto, y porque hay una cultura también de comer peor.

El otro día me estaba dando con un escritor y me contaba que en Estados Unidos parte de la cultura afroamericana era comer mal porque los blancos ricos comían mejor y entonces era casi una forma de afirmación de la identidad afroamericana, comer mucho pollo frito. Curioso, ¿no? Porque los mismos afroamericanos habían aceptado ese juego y conforme a la identidad, pero claro, eso es malo para la salud. Es una causa de la segregación. Entonces, bueno, que me estoy yendo por las ramas (ríe) Sí, en el segundo libro ya exploro el sinovarismo, la segregación urbana, la desigualdad, la precariedad laboral, habló de los riders, de las trabajadoras domésticas, de todos estos curros que durante la pandemia se dijo que eran esenciales. Se vio que al final lo que importaban no eran los diseñadores web, ni los director manager de no sé qué, ni los periodistas siquiera. Los que de verás importaban eran los reponedores, los transportistas, las enfermeras, que es la gente que tiene menos estatus social. Bueno, en el caso de los sanitarios, no tanto, pero en el caso de reponedores, transportistas, limpiadoras… sí. Y son los que están peor remunerados.

Lo malo es que se dijo que cuando se acabe la pandemia esto va a cambiar y se consideraría pagar mejor a la gente, que es realmente importante, pero eso no ha ocurrido. Y entonces exploro todas esas cosas y efectivamente es una pequeña rama que sale de los paseos. Pasear es importante para ver las cosas.

En el libro cuento que hay unos estudios de ahí de la Universidad de Duke y de Princeton que dicen que la gente es menos proclive a votar a partidos que promuevan políticas sociales cuando viven en barrios separados. Cuando tú vives en un barrio rico, piensas “¿Para qué demonios tengo que votar a un partido que quiera hacer educación pública, sanidad pública, pensión… si yo no las necesito y no conozco a nadie que las necesite?”. La gente, la otra gente, no se empatiza con ella porque no la vemos, son los otros, ¿no? Entonces, cuando hay una segregación urbana, cuando hay mucha desigualdad en la ciudad, hay barrios muy ricos y barrios muy pobres y no se tocan entre sí. Es difícil que la gente quiera pagar impuestos, que ahora se habla mucho de los impuestos, o quiera votar a partidos que quieran hacer gasto público, o sea, sanidad, educación, paro, pensiones, subsidios y todas esas cosas que hacen que la sociedad, a mi juicio, sea mejor.

No sé, está muy bien hacer esa clase de libros, porque está muy bien dar visibilidad a esos problemas, porque precisamente esos influencers que van haciendo vídeos en Madrid nunca enseñan lo malo, entonces está muy bien.

 ¿Y este tema también influyó en tu poesía?

Sí, sí, a ver, la verdad es que tengo cuatro libros de poesía antes de La ciudad infinita, y siempre he escrito sobre cosas de una manera más poética, siempre he escrito sobre asuntos sociales y urbanísticos, porque me interesa, me interesaba una poesía conectada con el mundo y con la actualidad, y también porque me interesa la política y lo social. También puede tener que ver que desde chaval me ha gustado la música punk (ríe) Entonces, bueno, pues cuando eres punk y joven, pues siempre escuchas bandas con contenidos así. De hecho, ayer estuve entrevistando a una banda de punk muy famosa, Bad Religion, que era muy política. Y ellos, los Clash, los Sex Pistols (en general todas las bandas de punk) ponen al final las semillas de un pensamiento político y social que luego he ido atravesando en la poesía, en los libros y en el periodismo.

¿Cómo ves la literatura y el periodismo en plena era digital? ¿Algún consejo para los que están empezando ahora?

Bueno, pues mucha suerte. A ver, por un lado, la literatura. La literatura no creo que se haya visto muy afectada del mundo digital porque creo que pertenece a una esfera aparte. Por ejemplo, es muy curioso que la industria discográfica ha tenido que mutar completamente porque ya no se escuchan discos y las nuevas plataformas son completamente diferentes:  Spotify, Apple Music, Deezer…   han cambiado todo. Entonces, ya no hay música física. La música nunca ha sido física, siempre es de teoria, pero estaba contenida en CDs, etc.

Ahora es música en streaming, que en parte también es física, porque ahora sabemos que la nube es etérea, pero la nube es un montón de servidores muy contaminantes que están en centros de datos y demás. Pero bueno, ya no tenemos en casa los discos. En cambio, es curioso porque la literatura, a pesar de que ha aparecido el e-book (que mola mucho, yo lo uso) no ha hecho que bajen mucho las ventas de los libros físicos. La gente quiere tener libros en papel. Entonces, bueno, está muy bien.

Hay un sector de la población que lee libros electrónicos. Yo los leo a veces. Me gusta llevarme de vacaciones el e-book. Cuando no encuentro un libro físico, lo tengo en el e-book.

A veces puedes leer los libros clásicos que son gratis, te los puedes bajar de internet, ya no tienen derechos. También se puede piratear libros, aunque eso es ilegal (ríe).

No tengo mucho problema, porque como soy periodista, pues puedo pedirlos a las editoriales y me las mandan gratis, Eso es lo que es guay de ser periodista. Pero también he pirateado libros. Quién no, sobre todo cuando eres más joven y no tienes estos privilegios. Pero vamos, que la mayoría de la gente, y yo también la mayor parte del tiempo leo libros en papel, creo que es una cosa diferente y especial y a la gente le gusta.

Creo que también está muy guay almacenar los libros en casa porque se hacen bonitos y me gusta tener muchos libros en casa y me gusta mucho mirar los libros. Además de leerlos, me gusta mirarlos. Mirar los lomos... Muchos no los he leído y digo, ya me los leeré... Luego, el periodismo. El periodismo y lo digital, eso es completamente diferente. Aquí sí que ha sido un impacto brutal.

Los periódicos decidieron en un momento dado ofrecerse gratis. Antes, hasta hace poco, eran gratis. Una estrategia un poco absurda vista desde ahora, regalar el trabajo de los periodistas. Y ahora El País, que es donde trabajo, se ha hecho de pago. Va muy bien. El otro día celebramos que tenemos 400.000 suscriptores. Y en solo cinco años, lo cual es muy guay.

Pero el modelo de negocio está cambiando. La publicidad en periódicos cada vez cuesta menos. Es más barata, entonces se gana menos. Y la forma de consumir periódicos. Las noticias cada vez cambian más porque se difunden más por redes. Los periódicos tienen que estar todo el rato adaptándose a cómo se difunden las noticias en Internet.

Ahora veo a muchos youtubers, mucho Tiktok, Instagram y me gusta mucho y los periódicos muchas veces tienen que adaptarse a eso, van por detrás. Tenemos que empezar a hacer vídeos como en YouTube, en Tiktok e Instagram. O sea, ya no somos la vanguardia, tenemos que ir detrás de gente que está haciendo eso y hay grandes periodistas independientes en internet que son muchas veces mejores que los de los periódicos. Hay gente haciendo trabajos increíbles (a veces gente muy joven, haciendo vídeos de cosas que no hacemos los periódicos tradicionales, de irse a la selva o a una ciudad a ver el fentanilo en Estados Unidos…) Son chavales jóvenes que no son periodistas licenciados ni nada, pero dicen vamos a ver qué pasa con el fentanilo y se van a Finadelfia y sacan a la peña que hay tirada por ahí, o se van con una tribu africana a hacer un documental divulgativo (no sé si periodístico, pero divulgación) O incluso se van a no sé qué guerra, y eso es increíble, ¿no?

Muchas veces no tienen tanta base periodística y les falta poner un poco de contexto, pero da igual, o sea, lo hacen muy bien y ya aprenderán. Pienso que está guay, para mí es un trabajo de mucho valor. Y luego la situación para hacer periodismo ahora, pues como os decía, todo esto no es nuevo y está muy precarizado. Yo el puesto que tengo ahora (fijo en El País con una columna) es un privilegio, mucha suerte y mucho trabajo, Como sabéis, la meritocracia no existe, entonces nada asegura que trabajando mucho te vaya a ir bien, debes tener también suerte y otras cosas. Y entonces yo a los jóvenes periodistas les deseo, sobre todo, suerte.

Y, por último, ¿el periodista nace o se hace?

Es una buena pregunta. Hay muchos periodistas que yo conozco que son periodistas de raza y desde pequeños querían ser periodistas, y tenían un olfato especia… de sabuesos. Sí eso existe (ríe) Hay periodistas que prácticamente nacen. Gente que ya leía los periódicos en la infancia, y suelen ser los más avezados y los más “periodistas”, por así decirlo. En mi caso, como os dije, yo quería ser físico, astrofísico, luego quería ser poeta, o sea, quería ser muchas cosas, y al final entré en el periodismo buscando una forma de ganarme la vida, pero al final me flipó, me gustó mucho y entonces más que “nacer” me “hice”.  

Cuando entré en el periódico, como me gustaba la literatura, lo que más me interesaba era hacer reseñas de libros y cosas así, cosas muy tranquilas, no muy periodísticas, sino una reseña. Pero luego con el tiempo me fueron interesando, como os he dicho, los temas más sociales y cosas más de actualidad, más de política, más de sociedad, lo que yo abordo desde la sección de cultura (no desde la sección de política). Me gusta ver la política y la sociedad desde los productos culturales, viendo los libros que hay y las películas que se hacen.


Entrevista realizada por Nerea Faedo Martin, Arón García Oria y Óscar Gómez Carril.


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